Hay barrios que nacen de un trazado urbano y otros que emergen de la tozudez de un pincel. Y Benito Quinquela Martín no sólo tradujo a la tela la fisonomía portuaria de La Boca, sino que volcó las ganancias de sus exposiciones internacionales en la compra sistemática de terrenos que luego cedía al Estado. 

De esa devoción comunitaria brotaron escuelas de artes gráficas, teatros, museos, centros odontológicos y jardines de infantes.

No obstante, en la Buenos Aires de las décadas de 1930 y 1940, la mirada bienpensante solía etiquetar como extravagancias o chifladuras las reuniones de artistas e intelectuales que el maestro congregaba en la mítica cueva del Café Tortoni o en su taller de la calle Pedro de Mendoza.

Pero lejos de amedrentarse frente al estigma de la alucinación creativa, Quinquela decidió apropiarse del prejuicio con fina ironía. Si la sociedad consideraba que a los hombres y mujeres dedicados a la creación les “faltaba un tornillo”, el artista ideó un remedio institucional: crear una condecoración formal para certificar, precisamente, esa bendita tara.

Y aquella idea, que rondaba en su cabeza como un proyecto nebuloso, encontró su catalizador en un gesto cotidiano.

El gesto fundacional y el estatuto de la belleza

La chispa definitiva saltó en su estudio el día en que su amigo Lucio Rodríguez, ceramista y especialista en pátinas, fue a visitarlo. Acostumbrado a regalarle pequeños objetos trabajados, Rodríguez le entregó en esa ocasión una pieza peculiar: un tornillo de plástico patinado. Acompañó el presente con una frase escueta que se volvería histórica: «Tome, maestro, por si le hace falta».

Aquella brevedad alcanzó para que Quinquela terminara de darle cuerpo a la hermandad que reemplazaría a las viejas peñas del Tortoni.

Así nació la Orden del Tornillo, con el propio pintor investido como “Gran Maestre“. Y como toda institución con aspiraciones de permanencia, la orden fijó sus propios estatutos.

La premisa fundamental establecía que sus miembros debían ser cultores intransigentes de la Verdad, el Bien y la Belleza. Sin embargo, el reglamento aclaraba una condición restrictiva: si bien cualquiera podía postularse, muy pocos reunían las virtudes necesarias para ser declarados locos Honoris Causa

El collar supremo estaba reservado únicamente para quienes padecieran la “monomanía del bien”; es decir, para quienes combinaran la austeridad espiritual de San Francisco de Asís con la vocación utópica de Don Quijote.

Invitación a la cena de honor y ceremonia de entrega de la “Orden del tornillo”.

Ritual, tallarines y frac de almirante

El debut oficial de las ceremonias tuvo lugar el domingo 18 de abril de 1948 en el taller del tercer piso de la escuela museo. Aquella jornada marcó un hito en la historia cultural del país, al ser la primera vez que un creador instauraba un sistema de condecoración entre pares. 

Los encuentros dominicales esquivaban deliberadamente la solemnidad académica mediante una cuidada liturgia popular. Los asistentes cenaban sobre tablones de obra cubiertos con papel madera; y el menú, invariable y austero, consistía en tallarines multicolores con salsa de tomate, vino servido en jarras con forma de pingüino y pastafrolas o tartas de ricota como broche de oro.

Al momento de la sobremesa y el café, la puesta en escena alcanzaba su punto culminante. Quinquela irrumpía en la sala ataviado con un “frac naval” —obsequio de un capitán de fragata amigo— al que le había sustituido los botones por tornillos y en cuya solapa exhibía medallas artesanales que, según afirmaba, había ganado en “mil batallas contra el hastío”. El homenajeado recibía un collar con un tornillo de gran tamaño y una insignia menor para la solapa de la chaqueta, acompañados por un diploma ceremonial.

Tras la investidura, el Gran Maestre hacía girar al premiado y, asestándole un leve toque de bastón en el hombro, pronunciaba el conjuro de rigor: “Listo, ya estás atornillado, pero no te lo ajustes demasiado porque es conveniente llevarlo flojo”

El sentido del rito no buscaba encarrilar la excentricidad, sino blindarla contra la apatía cotidiana. Quinquela les explicaba que el tornillo no los volvería más cuerdos, sino que los preservaría contra la pérdida de esa “locura luminosa” a partir de la cual creaban.

Tras el bautismo, los tablones se despejaban, el recinto se transformaba en una platea improvisada para la música de piano y guitarra, y a las once y media de la noche, con precisión quirúrgica, el anfitrión daba por concluida la velada e invitaba a la concurrencia a despedirse.

El mapa secreto de la identidad nacional

Lo que en sus comienzos pareció otra extravagancia de Quinquela —tan afín a sus otras intervenciones, como la proclamación simbólica de la República de la Boca— devino con los años en una distinción de enorme prestigio. El primer atornillado fue el cineasta Luis César Amadori

Con el paso de las décadas, la orden distinguió a más de trescientas personalidades de las artes y las letras, entre las que figuraron Mariano Mores, Tita Merello, Luis Sandrini y Charles Chaplin, cuya distinción fue recibida en su nombre por su hija Geraldine.

La relevancia del premio trascendió el puro juego teatral. Investigadores del Museo Quinquela Martín señalan que el pintor perseguía un propósito más ambicioso: trazar una cartografía de la identidad nacional ya que la selección de los investidos no respondía únicamente al talento técnico, sino a la forma en que cada figura encarnaba un arquetipo popular y se articulaba con las fibras éticas de la sociedad de su tiempo. 

La Orden del Tornillo puede leerse así como un manifiesto estético que postuló la necesidad de integrar la creación artística con la locura poética y el compromiso social.

La ceremonia final tuvo lugar la noche del 24 de diciembre de 1974, cuando se entregó la última distinción al poeta Alberto Mosquera Montaña

Benito Quinquela Martín falleció tres años después, en 1977. Respetando la voluntad expresa de su fundador, la orden no volvió a reunirse jamás, dejando tras de sí el legado de una época en que la locura no era una tara que corregir, sino un faro para iluminar la cultura.

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