(Por Guillermina Delupi)

Hubo un tiempo en que, para saber si convenía fundar una colonia en tierras lejanas o pactar una tregua tras una sequía devastadora, había que peregrinar hasta las laderas del monte Parnaso

Allí, entre vapores volcánicos que brotaban de una grieta, una mujer -la Pitonisa– entraba en trance y balbuceaba respuestas enviadas directamente por el mismísimo Apolo.

Hoy, el ritual es bastante menos místico pero igual de urgente: nos sentamos frente al escritorio, abrimos una interfaz de texto y le preguntamos a un modelo de lenguaje si nuestro proyecto de vida tiene sentido o si esa nueva inversión financiera nos salvará del naufragio.

Cambió el decorado, pero el hambre de futuro es el mismo. Porque, digámoslo de una vez: la IA no es otra cosa que nuestro Oráculo de Delfos con conexión de banda ancha.

Entre el humo y el “prompt”

En la Antigua Grecia, el asunto era complejo. Había que sacrificar una cabra y esperar que el animal no temblara demasiado para que el vaticinio fuera favorable. 

En el siglo XXI, el sacrificio es nuestra privacidad. Hoy entregamos datos, huellas de navegación y hasta nuestros sesgos más profundos a cambio de que un algoritmo nos diga qué carrera estudiar, por qué candidato inclinarnos o cómo redactar un discurso de despedida que suene humano.

Lo curioso es que la dinámica de la interpretación sigue intacta. Las respuestas de la Pitonisa eran famosas por su ambigüedad: “Si cruzas el río, destruirás un gran imperio”, le dijeron a Creso. El rey cruzó, el imperio que se destruyó fue el suyo, y la culpa, claro, fue de él por no saber leer entre líneas.

Con la IA pasa algo similar. Si el resultado es una alucinación llena de datos falsos o una respuesta que evade el bulto, el experto de turno te dirá que “no supiste darle el prompt adecuado”. 

Siempre somos nosotros, los simples mortales, los que fallamos en la precisión de la pregunta ante la supuesta infalibilidad del sistema.

La fe en el cálculo

Así, lo que antes era “voluntad divina”, hoy es probabilidad estadística. Pero para el usuario de a pie, la diferencia es imperceptible. Confiamos en el algoritmo con una fe ciega que haría palidecer a los más devotos de Zeus.

Delfos consultaba el vuelo de los pájaros o el color de las entrañas. La IA consulta los trillones de parámetros y rastros digitales que dejamos en la red.

En común tienen que ambos se alimentan de lo que ya pasó para decirnos qué va a pasar. Pero atención: el Oráculo no pensaba, y la IA tampoco

Uno repetía visiones; la otra repite patrones. El problema es que, en el camino, nos estamos olvidando de la intuición, de ese “pálpito” humano que no necesita de procesadores de última generación para advertirnos cuando un camino no es el correcto.

¿Conócete a ti mismo?

En la entrada del templo de Delfos rezaba una frase que hoy suena a advertencia olvidada: “Conócete a ti mismo”. El consejo era que no buscaras afuera lo que ya latía en tu interior.

Hoy, parece que el lema cambió por “Deja que el algoritmo te defina”. Le pedimos a la IA que nos explique quiénes somos según nuestro currículum, que nos resuma la complejidad de un conflicto geopolítico o que nos cure el vacío existencial con una lista de consejos genéricos. 

Estamos delegando la incómoda tarea de reflexionar en una caja negra que, por más que escriba con una sintaxis impecable, no tiene la menor idea de lo que pesa una duda o de la luz que emite un descubrimiento genuino.

Seguimos buscando afuera la respuesta a nuestras propias incertidumbres. Ayer era el humo de las grietas; hoy es el brillo de los píxeles. Pero en el fondo, somos los mismos griegos inquietos, buscando desesperadamente que alguien, o algo, nos garantice que el azar no tiene la última palabra.

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