Por Daniel Santos

Diminuto escándalo en un campo minado es una pequeña obra que parte de la intuición lúcida de que la comedia es territorio de lo mortal.

Tropezarse, perder el control, quedar en evidencia. La cáscara de banana como metáfora de aquello que quisiéramos mantener oculto y que el mundo insiste en mostrar.

Creada y dirigida por Cipriano Argüello Pitt, con Cecilia Priotto (danza) y Celeste Cielo Marcón (música) en escena, se estrenó ante un público que se encontró con algo que puede parecer perturbador, pero no lo es: una mujer que ríe mientras sufre su propia existencia (como la nuestra) en un mundo roto.

Del azul de la tristeza al rojo del exorcismo

Priotto construye un personaje que habita su vulnerabilidad con plasticidad asombrosa. Reír y bailar pueden ser sus únicas salidas (¿las nuestras también?).

La obra arranca en tinieblas y el tono es de un azul que tiñe cuerpo, espacio y ánimo. También demarca un círculo, como el lugar donde se puede y se debe estar. Si un color puede condensar la tristeza, esa tristeza la rodea al inicio.

Pero el azul no resiste. Ella lo borra en cada esforzado movimiento, caída o gesto que parece accidente y es decisión. También en los que parecen decisión y son accidentes. Haya quienes puedan saber la diferencia.

No sin esfuerzo, las escenas mudan hacia un rojo furioso, casi diabólico, con mucho de exorcismo. En el fondo, todo parece tratase de expulsar demonios. No de echarlos lejos, solo de dejarlos salir.

El cuerpo en lucha y la monotonía del Bolero

El cuerpo de Priotto intenta volar desde el primer momento, pero ni puede caminar. No consigue mover los dedos, ni controlar las manos, ni dejar de controlarlas después.

Hay en esa lucha algo humano y bestial: una persona obstinada que desea romper sobre una música que no invita a ninguna revolución.

El bolero de Ravel, uf, suena monótono. Pero, sobre él, interviene en vivo Celeste Cielo Marcón. Hay momentos en que el taconeo enérgico de la bailarina dialoga con la percusión de la música. Dialogan o combaten. A veces se regalan espacios mutuos, a veces se anulan, a veces se complementan.

La revolución de una palabra olvidada

Hay silencios con ruidos (respiración, movimientos, gruñidos) efectivos. La única palabra que se pronuncia en la obra es alegría. Como si fuera un hallazgo y el principio de una pequeña victoria. La revolución de una palabra que hoy no está de moda.

La bailarina se transforma y transforma su entorno. Los trapos azules ya no están, no son. La neblina se va y el rojo tiñe todo al final de un viaje en el que ella, que apenas se movía, parece salir de un útero, renacer, a fuerza de baile y movimiento.

Bailar en la zona de riesgo

Bailar en un campo minado no propone una ruta segura: se necesita dar pasos firmes para no explotar. Pero bailar inconscientemente en esa zona de riesgo no resulta mal. La explosión es hasta deseable en ese espacio incómodo y fértil.

Baila primero, piensa después. Ese es el orden natural”. Citan a Beckett en el programa, pero en escena parecen desear revertir también ese orden natural. No quieren lo natural, o no quieren el orden. O ninguna de las dos cosas.

Para ver

“Diminuto escándalo en un campo minado” se presenta los sábados de mayo a las 21 en la Sala Quinto Deva (Pasaje Agustín Pérez 10).

En escena: Cecilia Priotto. Diseño sonoro y música en vivo: Celeste Cielo Marcón. Diseño de iluminación: Franco Muñoz. Diseño escenográfico y vestuario: Santiago Pérez. Dúo creativo: Cecilia Priotto-Cipriano Arquello Pitt. Producción Quinto Deva / La Casa de las Bestias.

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