La 61ª edición de la Bienal de Venecia ha inaugurado su calendario con la fuerza de un naufragio que, lejos de hundirse, ha decidido flotar a la deriva entre la diplomacia y el escándalo.
Este año no hubo cintas cortadas ni brindis de gala; en su lugar, el evento más antiguo del mundo del arte abrió sus puertas el pasado 9 de mayo bajo el peso de ausencias prematuras y una tensión geopolítica que terminó por eyectar a su jurado oficial.
En efecto, lo que debía ser un espacio de contemplación se transformó, casi por diseño del destino, en un thriller político donde el arte parece ser el último refugio de lo humano.



Curaduría huérfana y jurado ausente
El camino hacia esta edición estuvo marcado por el luto. Koyo Kouoh, la curadora camerunés-suiza que imaginó esta Bienal bajo el lema In Minor Keys (En claves menores), falleció en mayo de 2025, dejando un vacío que sus colaboradoras intentaron llenar con una fidelidad casi mística.
Su propuesta, que invitaba a bajar el volumen del ruido global para escuchar las frecuencias de lo sensorial y lo minoritario, se chocó de frente con los gritos de la actualidad.

La controversia estalló con el regreso de Rusia al certamen —su primera aparición desde la invasión a Ucrania en 2022— y la presencia de Israel en pleno conflicto en Gaza.
Esta “normalización” cultural provocó una grieta insalvable: el jurado internacional dimitió en bloque, negándose a premiar a Estados bajo investigación de la Corte Penal Internacional.
Ante el estrado vacío, la Bienal tomó una decisión inédita: los tradicionales Leones de Oro serán otorgados por el voto del público en noviembre, en lo que parecería ser una suerte de “Eurovisión del arte“.



De una campana humana al misticismo del Vaticano
Mientras en los canales la policía repelía manifestaciones, el arte intentaba recuperar su lugar a través del impacto y la memoria.
El Pabellón de Austria, con Seaworld Venice de Florentina Holzinger, capturó todas las miradas con una propuesta radical: una mujer desnuda colgando de una campana de bronce y un sistema de filtrado que utiliza la orina de los visitantes para llenar una piscina donde nadan los artistas; una metáfora cruda sobre la circularidad de la contaminación y el turismo de masas que devora a Venecia.
En las antípodas de este desenfreno, el Vaticano propuso un refugio espiritual en los Jardines Místicos de los Carmelitas Descalzos.
Allí, los visitantes recorren viñedos con auriculares que reproducen composiciones de la mística, escritora y naturalista del siglo XII, Hildegarda de Bingen, reinterpretadas por figuras como Brian Eno y Patti Smith, demostrando que la “clave menor” de Kouoh también puede ser un espacio de silencio reparador.


Voces del exilio y el duelo en los pabellones
La diversidad de esta edición se manifiesta en relatos de pertenencia y pérdida. Por caso, en el pabellón británico, Lubaina Himid presenta Predicting History, una serie de pinturas vibrantes que exploran la arquitectura del hogar desde la perspectiva del que llega a un país extraño.
Sus personajes, en constante debate sobre si construir para quedarse o para huir, dialogan con la fragilidad de las fronteras actuales.
Por su parte, Alemania atraviesa su propio duelo con una instalación póstuma de Henrike Naumann, quien falleció de cáncer en febrero de 2026. Junto a Sung Tieu, el pabellón se recubrió con tres millones de teselas que recrean un bloque de pisos berlinés, otorgando por primera vez una escala monumental a las voces de la migración y del este alemán, en un edificio cargado de historia neoclásica.
La resistencia ucraniana también se hizo presente con Zhanna Kadyrova, quien recreó en papel su escultura Ciervo de origami, una pieza rescatada del caos bélico en la región de Donetsk; un recordatorio táctil de que, mientras los diplomáticos discuten, el patrimonio se desvanece bajo los bombardeos.



El rastro argentino: caminar sobre el Yin Yang
En medio de este escenario fragmentado, el envío argentino se presenta como una de las propuestas que mejor ha sabido decodificar el testamento intelectual de Kouoh.
Matías Duville, bajo la curaduría de Josefina Barcia, transformó el pabellón de los antiguos arsenales en un paisaje mental titulado Monitor Yin Yang.
La obra es una instalación procesual donde el suelo está cubierto íntegramente por sal y carbón. Pero ésta no es una pieza para ser observada desde la distancia, sino un territorio para ser transitado.
La genialidad de Duville reside en la fragilidad: el dibujo monumental se altera y se recompone con cada paso del visitante, es un grito silencioso que utiliza materiales primarios para hablar de la conservación, la destrucción y el rastro —físico y moral— que estamos obligados a reconstruir cada día en un mundo que parece haber perdido su centro.








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