En el espacio denominado Navate, una nave de casi diez mil metros cuadrados y treinta metros de altura, se despliega de manera permanente The Seven Heavenly Palaces (Los siete palacios celestiales), de Anselm Kiefer.
Antes de moldear la materia, el artista alemán transitó el derecho y la literatura, pero el arte terminó por imponerse y ya en la segunda mitad de los años sesenta, sus primeras creaciones emergieron bajo la profunda huella conceptual y los gestos de Joseph Beuys.
Buscando una escala a la medida de su obra, entre 1993 y 2007 se radicó en Barjac, al sur de Francia, donde transformó una antigua fábrica de seda de 350.000 metros cuadrados en su hogar y taller.
Hoy, aunque crea desde París y Croissy, Barjac sigue albergando sus instalaciones más monumentales, en un predio que funciona como museo personal y como una auténtica Gesamtkunstwerk —obra de arte total—, donde paisaje, memoria y arquitectura habitan un mismo espacio.
Su obra Los siete palacios celestiales, fue concebida originalmente para la apertura del HangarBicocca y ampliada en 2015. La instalación reúne siete estructuras de hormigón armado de entre trece y diecinueve metros de altura.

La arquitectura del ascenso y la materia de la melancolía
Las siete torres de la instalación cuentan con un peso individual de noventa toneladas y una edificación realizada mediante el apilamiento de bloques de hormigón armado moldeados con los ángulos de contenedores de mercancías.
Entre los distintos niveles, Kiefer intercaló cuñas y libros de plomo. Así, la propia compresión física del hormigón sobre el metal garantiza la estabilidad estructural del conjunto, al tiempo que incorpora un elemento de fuerte carga simbólica: en la tradición alquímica y filosófica occidental, el plomo encarna la melancolía y el peso de la historia.



El título de la instalación remite directamente al Sefer Hechalot —”El libro de los palacios“—, un escrito cabalístico hebreo de los siglos IV y V d.C. que describe el itinerario de la ascensión espiritual hacia lo divino.
Tomando esta idea como punto de partida, Kiefer entramó las referencias de la mística judía con la visión de las ruinas dejadas por la Segunda Guerra Mundial en Europa.
En efecto, la obra sintetiza los temas principales de la práctica del artista: el interés por las religiones antiguas y, sobre todo, el judaísmo; la representación de Occidente y sus ruinas tras la Segunda Guerra Mundial; la comparación entre el pasado, el presente y el futuro; y las grandes construcciones arquitectónicas como el intento del hombre por ascender a lo divino.
En 2015, bajo el comisariado de Vicente Todolí, la obra se completó con la incorporación de cinco lienzos de gran formato en las paredes del recinto —Jaipur (2009), dos pinturas de la serie Cette obscure clarté qui tombe des étoiles (2011), Alchemie (2012) y Die Deutsche Heilslinie (2012-2013)—, integrando el pensamiento astronómico y filosófico a la monumentalidad de las torres.


Un contenedor fabril para la escala de la posguerra
La presencia permanente de las torres en la nave central dialoga de manera directa con el origen del edificio.
El inmueble formó parte del complejo de la empresa Breda, instalada en el distrito de Bicocca a partir de 1903 para la producción de vagones de ferrocarril, locomotoras y material pesado, en una zona que compartió con firmas como Pirelli, Falck y Marelli.
La nave Navate fue construida entre 1963 y 1965 para alojar la sección de pruebas eléctricas de Breda Elettromeccanica e Locomotive.
Asimismo, esta estructura monumental se conecta con el Shed —un taller de ladrillo visto con tejados a dos aguas de la década de 1920— y con el Cubo, un volumen edificado en 1955.
Tras el desmantelamiento industrial iniciado a comienzos de los años ochenta y la transferencia del sitio al Grupo Ansaldo, el entorno fue objeto de una reestructuración urbana articulada en torno al Proyecto Bicocca de 1986.
En 2004, la firma Prelios (antes Pirelli RE) adquirió el inmueble conocido como Ansaldo 17 para transformarlo en la institución actual.
Hoy, el Pirelli HangarBicocca conserva así su fisonomía de planta abierta para ofrecer un espacio de acceso libre dedicado a la investigación artística, donde las torres de Kiefer marcan la transición definitiva de la producción mecánica a la memoria cultural.





Comentarios Cerrados