Cada dos años, la geografía insular de Venecia altera su pulso habitual para convertirse en una vidriera de las artes visuales globales por la que se estima pasan alrededor de 800 mil visitantes.

Se trata de un evento que desborda las sedes oficiales y se disemina en una treintena de eventos paralelos por callejones, palacios y canales. 

Esta 61° edición que comenzó en mayo pasado y culminará el próximo 22 de noviembre avanza signada por tensiones políticas inevitables: la ausencia del respaldo de la Unión Europea, la dimisión en pleno de un jurado que rehusó premiar a Estados bajo investigación de la Corte Penal Internacional y una compleja trama geopolítica de fondo.

El Pabellón Central de los Giardini es el núcleo histórico de la exposición central de la Bienal (Foto: Tomás Viñolo).

Sin embargo, es en este escenario desfragmentado donde cobra fuerza la consigna “En claves menores” (In Minor Keys).

Esta propuesta, formulada por la curadora Koyo Kouoh antes de su fallecimiento en mayo del año pasado, fue asumida por su equipo con el compromiso de preservar su espíritu: un llamado al silencio, a la desaceleración y a la observación atenta frente al vértigo y la sobreestimulación contemporáneos.

Si bien los recintos de los Giardini y Arsenale albergan las propuestas de 54 naciones, un recorrido por algunos de esos envíos permite divisar cómo se traduce esa pausa en la práctica artística contemporánea.

El Pabellón Central de Arsenale está en un antiguo astillero naval de la época preindustrial. (Foto: Tomás Viñolo).

El territorio de la pampa en Arsenale: la huella efímera de Argentina

En la antigua sala de armas del Arsenale, el pabellón argentino despliega una intervención de escala monumental que reconfigura el espacio histórico de más de 500 metros cuadrados. 

Allí, el artista Matías Duville presenta Monitor Yin Yang, un trazado concebido a partir de carbón vegetal molido sobre una superficie de aproximadamente 30 toneladas de sal marina que cubren la totalidad del suelo.

La propuesta trasciende la noción del dibujo como soporte estático para convertirlo en una experiencia espacial, procesual y efímera. La materia reacciona de manera constante: el tránsito de cada visitante altera la composición, desplaza los pigmentos y reescribe la obra a cada paso. 

El diálogo contrapuesto entre el blanco mineral de la sal y el trazo negro del carbón convierte al pabellón en un territorio mutante, donde el acto creativo y la huella del espectador se confunden en una sola experiencia temporal.

Giardini: postales, folclore, infancias y reconstrucciones

En los Giardini, la mirada se detiene en proyectos que cuestionan los relatos institucionales y las lógicas del presente a través de gestos mínimos o instalaciones colectivas.

En el pabellón de España, a través de Los restos, el artista catalán Oriol Vilanova dispone un mosaico integrado por 50 mil postales de todo el mundo. 

La acumulación temática abre un interrogante sobre el mercado, la circulación mercantil, el valor del objeto seriado y las tensiones entre la recolección privada y la memoria pública.

En tanto, en el pabellón Nórdico, Finlandia, Noruega y Suecia articulan su propuesta conjunta bajo la consigna ¿Cuántos ángeles pueden bailar en la punta de un alfiler?; un paisaje escultórico de impronta mitológica que indaga en el folclore regional y los cuentos de hadas para confrontar las narrativas contemporáneas con lo fantástico.

La propuesta, bajo la curaduría de Anna Mustonen, busca explorar los ciclos de la degradación, la resiliencia, la memoria y la renovación.

En el pabellón japonés, la instalación participativa Bebés de hierba, bebés de luna, despliega un dispositivo que consta de 208 muñecos recién nacidos que el público puede tomar en brazos y cargar a través de los difrentes espacios. 

El gesto, lúdico pero de marcada carga reflexiva, aborda el fenómeno de la baja tasa de natalidad que atraviesa no solo a ese país asiático sino también a diversos contextos globales, con un proyecto que usa la ternura del cuidado infantil para cuestionar las estructuras sociales conservadoras y la crisis demográfica.

Por su parte, en el pabellón de Alemania, obras de los artistas Henrike Naumann (una importante artista de instalaciones y escultora alemana que falleció trágicamente en Berlín a los 41 años) y Sung Tieu (artista interdisciplinaria vietnamita-alemana que vive y trabaja principalmente en Berlín) examinan las huellas materiales e ideológicas tras la reunificación del territorio, rastreando los vestigios del pasado reciente en las fracturas de la identidad nacional.

Por último, Serbia expone una instalación documental que reúne cerca de 20 mil elementos entre fotografías, valijas, mapas y documentos personales de más de 80 países, componiendo un mapa colectivo sobre el desplazamiento, el dolor y la capacidad de resistencia.

Arsenale: algoritmos, migraciones y archivos borrados

Dentro del recinto del Arsenale, las representaciones abordan la memoria y las transformaciones de la convivencia humana desde diversas escalas y poéticas.

En efecto, en el pabellón de China la tradición filosófica de “Firmamento, Tierra y Humanidad” suma un nuevo vector en su formulación: “Firmamento, Tierra, Humano y Algoritmos“. 

Así, el pabellón explora cómo expandir el pensamiento espiritual milenario frente a la irrupción de las nuevas tecnologías sin perder la raíz cultural.

En el pabellón donde se aloja Turquía, la propuesta apela a la afectividad y la sutilidad como formas de resistencia frente a las estructuras de poder. 

Las obras exploran cuestiones de género, racismo, pertenencia y migraciones, lo que está en estrecha sintonía con la búsqueda de los tonos menores de la Bienal.

Un poco más allá, en el pabellón de la India, cinco artistas indagan sobre la noción de hogar en contextos de desarraigo, a través de materiales de origen orgánico y técnicas artesanales.

La muestra interroga qué significa el origen cuando los espacios de referencia han cambiado o desaparecido.

El colectivo Nonument Group (en el pabellón de Eslovenia) recupera la historia de una mezquita suní erigida en 1917 por el ejército austrohúngaro para soldados bosnios en el frente de Isonzo, destruida y omitida del relato oficial. 

Se trata de una instalación que reflexiona sobre la eliminación deliberada de monumentos y la manipulación de la memoria en contextos bélicos.

Ubicado en las Tese delle Vírgenes se encuentra el pabellón de Italia, que cuenta con 1.800 metros cuadrados, lo que lo convierte en el espacio más extenso de toda la Bienal. 

Allí se encuentra la exposición Contigo con todo (Con te con tutto, de la artista Chiara Camoni), que reúne figuras antropomorfas de dos metros de altura que actúan como presencias tutelares. 

La propuesta invita a reconsiderar el vínculo de la especie humana con las demás formas de vida a partir de la fragilidad, el cuidado y la escucha.

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