La línea negra sobre el fondo blanco suele ser un refugio seguro, el límite exacto donde el artista domina el caos. Sin embargo, en la propuesta que Lucrecia Tam instaló en El Cubo Rojo, ese límite es apenas una sugerencia, una frontera permeable que se deshace ante los ojos del visitante. 

Bajo el título Ser parte de la escena: conexiones y reflejos, la artista visual cordobesa despliega un universo gráfico que se desborda de los soportes tradicionales para interpelar de forma directa a quien camina la sala.

La muestra, que inauguró en el espacio ubicado en el Paseo del Jockey, cuenta con la curaduría de Natali Bonaudi y se transformó rápidamente en un punto de interrupción dentro de la dinámica urbana de la zona. 

A través de una economía de recursos visuales donde la línea es la herramienta central, Tam propone un recorrido que desmantela la distancia clásica entre la obra de arte y el público.

La exposición permanecerá abierta durante mayo y junio en El Cubo Rojo, ubicado en el Paseo del Jockey. 

El dibujo que desborda el muro

A primera vista, la exposición se organiza alrededor de personajes trazados con un lenguaje gráfico despojado, cercano a la estética urbana y contemporánea que caracteriza la producción de la artista. 

No obstante, el estatismo dura poco ya que los trazos parecen sostener una narrativa interna que los empuja a salir de los márgenes del cuadro, expandiéndose por los muros de la galería y tejiendo un relato coral donde cada pieza dialoga con la contigua.

El espejo como dispositivo de integración

El quiebre definitivo de la cuarta pared en la muestra llega con la incorporación de superficies espejadas dentro del recorrido. Este recurso descentra la mirada unidireccional y altera la lógica de la observación. 

Al reflejarse en el espacio habitado por los personajes de tinta, el cuerpo del visitante pasa a formar parte de la composición visual, mezclándose de manera inmediata con la iconografía de la sala.

De este modo, la obra elude el carácter de objeto estático y se redefine con cada presencia. El reflejo activa nuevas lecturas simbólicas en torno a la identidad y las tensiones cotidianas, un eje recurrente en la investigación de la artista. 

La escena cambia de acuerdo a quien la transite, volviendo a la muestra un dispositivo abierto que se completa con la mirada y la corporalidad del otro.

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