Organizar la vasta producción de Álvaro Izurieta requiere abandonar la cronología lineal para adoptar una lógica de mapa tridimensional.
En este sentido, el Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo (MACU), se puso manos a la obra para inaugurar la retrospectiva “Paisajes, Figuras y Abstracciones”.
En efecto, la muestra propone un recorrido que elude las coordenadas cartesianas y las líneas de tiempo simplistas, en una exhibición que reúne casi tres décadas de trabajo.
Desde las paredes del MACU, las obras invitan a observar cómo el artista habita su taller en las Sierras Chicas como un atalaya: un punto de observación privilegiado hacia el canon occidental y, simultáneamente, un territorio sagrado para la exploración del propio pulso interior.
Diálogos entre lo clásico y lo mitológico
El repertorio visual que se despliega en las salas del MACU hasta el 14 de junio, se nutre de conversaciones estéticas con grandes referentes de la historia del arte universal.
Así, se percibe en su producción la influencia de la España negra finisecular de Ignacio Zuloaga, que convive de manera orgánica con un diálogo productivo con la obra de Paul Gauguin.
Esta última conexión se manifiesta especialmente en sus desnudos femeninos, figuras que aparecen despojadas del torbellino de la modernidad para vincularse con potros y centauros, en una atmósfera que remite directamente a las representaciones de la mitología griega y a una belleza atemporal.

El paisaje como espejo del sentir
Desde que se instaló en Unquillo hace ya cincuenta años, Izurieta ha sostenido un compromiso riguroso con el oficio de pintor. Casi la totalidad de sus obras fueron gestadas en su taller de las Sierras Chicas, ciudad que se ha convertido en su plataforma de observación.
Los paisajes presentes en la muestra se distinguen por una paleta vibrante y contrastes de gran potencia, alejándose de la mera descripción geográfica para transformarse en interpretaciones de su propio sentir.
En estas piezas, el entorno serrano deja de ser un escenario externo para volverse una extensión de la subjetividad del artista.



Un recorrido rizomático
La muestra integra una diversidad de lenguajes que reflejan la versatilidad técnica de un buscador incansable.
El trayecto transita desde el realismo —punto de partida de su recorrido creativo a fines de los años 60— hacia etapas donde la abstracción y el cubismo demuestran su capacidad para reformular la estructura y la síntesis de la forma.
Esta evolución se aprecia en la convivencia de retratos realistas de gran factura y figuras humanas con la ligereza de sus acuarelas y tintas.
Según señala la curadora Florencia Ferreyra, la obra de Izurieta funciona como un proceso recursivo donde cada pintura o dibujo recompone aquello que conmueve su mirada, reafirmando una senda que anuda sensaciones particulares con una noción de totalidad.







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