La imagen técnica nació con la promesa de fijar el tiempo, de congelar un fragmento de lo real para siempre. Sin embargo, la producción de Natalia Mónaco parece sostener la hipótesis contraria: que la fotografía es un cuerpo vivo, una materia mudable y permeable al error, al agua, a la tinta y al roce de otras disciplinas.
Bajo esa premisa se articula Solo un instante, la exhibición antológica que la Fotogalería del Paseo del Buen Pastor presenta con la curaduría de Patricia Rizzo, y que propone una cartografía de sus operaciones visuales desde 1998 hasta la actualidad.
La muestra funciona como un corte geológico en la trayectoria de Mónaco. Allí, la artista nacida en Córdoba en 1977 despliega un repertorio que excede los límites del marco tradicional para ingresar en las lógicas de la instalación contemporánea y la hibridación de lenguajes.
El soporte como territorio de ensayo
El recorrido de la exposición pone de relieve que para Mónaco el papel fotográfico convencional es apenas una opción más dentro de un inventario material amplio.
En efecto, la propuesta de montaje en el Buen Pastor recurre a soportes que discuten la bidimensionalidad: lonas, acrílicos, láminas de PET, textiles y bobinas de papel industrial, una diversidad material que opera como parte constitutiva del sentido de la obra.
Al imprimir una misma toma sobre superficies de distintas texturas y opacidades, la artista altera la identidad visual del registro original. Así, la imagen se fragmenta, se estira o adquiere la rugosidad de la materia, transitando una frontera ambigua entre el documento fotográfico y la textura de la pintura abstracta.
En este sentido, la curadora señala en el texto de sala que Mónaco investiga las posibilidades de los materiales forzando el potencial que proporcionan. En esa insistencia, la lógica de la aplicación radica en tensionar los límites del dispositivo, reconociendo que el soporte modifica de manera directa la recepción estética y espacial de la imagen.
La construcción por capas y el valor del residuo
Frente a la inmediatez de la captura contemporánea —que la artista también incorpora en sus producciones recientes a través del uso de teléfonos móviles—, las series históricas de Mónaco se detienen en la lentitud de la capa. Su método se basa en la acumulación y la sustracción: transparencias, veladuras y superposiciones físicas o digitales que ocultan tanto como revelan.
En estos ensayos visuales, los retratos de personas clave de su entorno y los paisajes afectivos pierden nitidez para ganar densidad simbólica. Aparecen entonces grafismos, fugas de luz controladas y marcas textuales que funcionan como disparadores de la memoria. Lo que emerge en la sala no es la reconstrucción fiel de un recuerdo, sino el rastro de su disolución.
Mónaco trabaja con la noción de imagen expandida. Utiliza tanto archivos personales como capturas azarosas para someterlos a intervenciones manuales y digitales. En ese cruce, el error técnico o el accidente del material no se descartan; se integran como accidentes necesarios de un proceso que prefiere quedar abierto antes que clausurarse en un resultado estático.

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