El cine de Córdoba recupera una parte fundamental de su propia memoria gracias a la mirada del cineasta Santiago Sein, quien en mayo pasado estrenó “Para hacer una película solo hace falta un arma”, una película que tras su paso por festivales internacionales, su exhibición en el BAFICI y proyecciones durante junio en el Malba, vuelve al Cineclub Municipal Hugo del Carril.
La producción, que demanda dos horas y media de metraje, reconstruye el destino trágico y suspendido de la primera generación de estudiantes de cine de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
A mediados de los años 70, la intervención militar persiguió a sus realizadores y destruyó sus producciones, hasta que cinco décadas más tarde, el hallazgo fortuito de decenas de latas de fílmico en un viejo depósito de la Ciudad Universitaria encendió la chispa de una investigación que excede la conservación arqueológica para convertirse en un hecho político y generacional.
El hallazgo en el depósito y la fragilidad del archivo
El proyecto, que el equipo de producción bautizó internamente durante años como “La Lata“, comenzó sin la pretensión inicial de transformarse en un film, preo el registro técnico diario de la apertura de los contenedores y el diagnóstico del material audiovisual terminaron mutando en la estructura de un ensayo documental complejo.
“Lo que encontramos estaba muy mezclado”, explica su director, Santiago Sein, quien además es docente de la UNC y especialista en conservación patrimonial. “Muchos materiales no tenían identificación. La gente supongo que los vio en algún momento de la democracia, pero al no poder proyectarse, no se dieron cuenta de lo que había ahí. Estaban en un estado en el que tampoco era fácil ponerlos en un proyector”.
El proceso de digitalización reveló que bajo títulos inocentes de cortos de ficción escolares, como “Ganas de un broma”, se ocultaban registros documentales de manifestaciones populares, escenas de represión y acontecimientos clave de mayo de 1973 en Córdoba.
A las películas encontradas en la universidad se sumaron aportes inesperados que llegaron desde la periferia del archivo: una copia de una película del Cine de la Base (El Congreso del FAS en el Chaco) conservada en Francia dentro de una valija, y un fragmento de La toma del Barrio Renacimiento, hallado en un almacén de Catamarca, montado en el mismo carrete junto a un capítulo de La hora de los hornos.
Sin embargo, el rescate estuvo marcado por la pérdida irreversible. “El material sonoro, que es magnético perforado y cintas abiertas, es lo que peor soportó el paso del tiempo por problemas de filtraciones y humedad. La mayoría no la pudimos recuperar. Hay materiales que directamente se desgranaban en las manos“, señala el realizador.
Dispositivos para narrar una zona gris
La película articula su relato a través de tres dispositivos formales diferenciados que dividen la estructura del film. La primera parte avanza sobre la fascinación de las imágenes rescatadas y la fisonomía de una Córdoba reconocible en espacios emblemáticos como el Bar Unión o el Ángel Azul, capturados con una sensibilidad que distaba de la urgencia del noticiero televisivo de la época.
La imposibilidad de recuperar las bandas sonoras originales dio origen al segundo segmento de la película: una crónica sonora construida a partir de una figura recurrente en las imágenes del archivo, un joven que aparecía siempre sosteniendo un grabador y un micrófono de aire en medio de las filmaciones políticas.
A través del testimonio del director teatral Roberto Videla, el equipo descubrió que se trataba de un grupo de tres realizadores —entre ellos dos jóvenes franceses, Pierre y Gérard— que habían abandonado las ficciones de tintes sentimentales de la escuela para volcarse de lleno a la militancia y al documental político.
Finalmente, la tercera parte del largometraje adopta un código documental más clásico para abordar el cierre del Departamento de Cine de la UNC, el desmantelamiento de sus equipos y la aparición de figuras ligadas a la censura y al destino final de las obras.
El trauma y el puente intergeneracional
Uno de los vectores más complejos del proceso de producción fue el reencuentro de los sobrevivientes con sus propias imágenes de juventud. El film registra las reacciones de shock, extrañeza y conmoción de figuras como Ana Mohaded, Roberto Videla, Fernando Cots y Alberto “El Chocó” Perona.
“Hubo casos donde tuvimos que parar la entrevista y volver otro día porque ver el material les resultaba altamente traumático”, relata Sein. Un dato sintomático de ese espesor histórico es que ninguno de los entrevistados solicitó una copia de los archivos recuperados tras finalizar las filmaciones. “Es algo que todavía me llama la atención. Lo ven ahí, pero les remueve un pasado que sigue siendo doloroso”.
Pese a la carga histórica del material, el director destaca la recepción que la película ha tenido en las audiencias más jóvenes y en los estudiantes de cine actuales, en un contexto político nacional donde se tensionan los consensos democráticos construidos en las últimas décadas.
“Cuando nosotros cursábamos en los años 90 existía un bache enorme. Había un mito con cierta épica, pero no nos mostraban lo que hacían. Sentimos que con esta película logramos conectarnos con algo que estaba muy desconectado. Nosotros fuimos simplemente un puente intergeneracional. Los chicos entendieron que antes se hacía cine en situaciones materiales y políticas extremadamente complejas, y ver que se acercan a discutirlo o a decir que el film les devolvió las ganas de filmar, es lo que termina de darle sentido a todo este trabajo”, concluye Sein.
El título de la película, inspirado en la conocida máxima atribuida a Jean-Luc Godard sobre los elementos mínimos para construir un relato cinematográfico (“para hacer una película solo hace falta una mujer y un arma“), funciona aquí como una inversión poética. Alude tanto a las discusiones estéticas de una juventud fuertemente influenciada por la Nueva Ola Francesa como a la advertencia que aquellos docentes del exilio repetían en las aulas cordobesas: la cámara cinematográfica entendida, ante todo, como una herramienta de transformación social.

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