La reposición de una obra cumbre en los cuerpos estables de la provincia siempre implica un desafío doble: justificar su vigencia estética en la escena contemporánea y coordinar una maquinaria artística donde la música en vivo y el movimiento deben operar en perfecta sintonía.

Bajo esta premisa, el Ballet Oficial de la Provincia y la Orquesta Sinfónica de Córdoba reabren el debate sobre las pasiones extremas a través de Giselle, la pieza que redefinó los alcances del ballet clásico a nivel mundial.

Esta puesta en particular, que cuenta con la dirección general del maestro Hadrian Avila Arzuza, propone una lectura adaptada en su dimensión coreográfica por Martín Miranda.

En este sentido, la articulación del elenco intenta rescatar el sustrato conceptual que Jules Perrot y Jean Coralli imprimieron a mediados del siglo diecinueve, un momento histórico donde la danza clásica abandonó el mero divertimento palaciego para adentrarse en la complejidad psicológica de sus protagonistas.

La música como lenguaje dramático

El principal mérito de la partitura concebida por Adolphe Adam radica en haber quebrado el paradigma decorativo que imperaba en su época. Lejos de constituir un fondo rítmico intercambiable, la composición musical se estructura aquí mediante el uso riguroso del leitmotiv, asociando variaciones melódicas específicas a las transformaciones emocionales de los personajes.

De este modo, la Orquesta Sinfónica asume el rol de un narrador invisible pero omnipresente, traduciendo en tensión instrumental aquello que el cuerpo calla.

Por su parte, la puesta cordobesa se sostiene sobre un andamiaje visual diseñado íntegramente por realizadores locales.

La escenografía de Ana Laura Morán Morales y el vestuario de Jimena Rivas delimitan con claridad los dos mundos opuestos que plantea la obra, mientras que el diseño de iluminación, desarrollado en conjunto por Sebastián Sánchez Espejo y Emilia Bravo, se convierte en la herramienta indispensable para modelar las transiciones dramáticas entre la realidad campesina y la atmósfera espectral del tramo final.

De la traición terrenal al mito gótico

El devenir de la trama expone una crítica solapada a las asimetrías sociales a través del extravío mental de su protagonista. Giselle, una joven cuya cotidianeidad se altera ante el cortejo de Albrecht —un noble que finge una identidad aldeana para sortear sus compromisos de casta—, se enfrenta a la desilusión en su estado más puro.

Al descubrirse el engaño, el quiebre institucional da paso a una danza frenética y desesperada que culmina con su propia muerte ante un entorno que carece de herramientas para interpretar su lucidez trágica.

Posteriormente, el relato se traslada a la dimensión mitológica del subsuelo, donde habitan las Willis, espíritus de mujeres traicionadas que exigen la vida de los hombres que se adentran en su territorio.

En este pasaje, la simetría del denominado “ballet blanco” y la incorporación del tutú largo cobran un sentido conceptual estricto: no buscan la ornamentación vana, sino la despersonalización de las almas que reclaman justicia. Allí, la resolución del conflicto elude la lógica de la venganza para instalar una última paradoja sobre la redención mediante el amor absoluto.

Para ver

El calendario prevé presentaciones nocturnas los días jueves 25, viernes 26, domingo 28 y martes 30 de junio a las 20, sumando una única propuesta vespertina programada para el sábado 27 a las 17.

El acceso a las diferentes ubicaciones del teatro se ha estructurado en base a una escala que inicia en los 15.000 pesos para el sector de paraíso, continuando con la tertulia a 30.000 pesos, la cazuela a 40.000 pesos y la platea fijada en 50.000 pesos.

Las entradas pueden adquirirse tanto de manera presencial en la boletería del teatro como a través del sistema virtual de la plataforma Autoentrada.

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