Por más de un siglo y medio, Alicia en el país de las maravillas (1865) ha sido un pasaje de ida hacia el surrealismo para generaciones enteras.
Quien no haya cruzado su madriguera en la infancia —al lado de Tom Sawyer o la tripulación del Capitán Nemo— habrá tropezado con ella en el cine, el teatro o los videojuegos. Su arraigo cultural es tal que cada 4 de julio, Oxford se viste de fiesta para celebrar el “Día de Alicia“.
Sin embargo, detrás del Conejo Blanco y el Sombrerero Loco, existió una verdad de carne y hueso. Aunque Charles Dodgson —el verdadero nombre del tímido profesor de matemáticas que firmaba como Lewis Carroll— insistió hasta el cansancio en que su protagonista era un ser puramente imaginario, la literatura lo contradijo con sus propios trucos.
El libro original lleva una dedicatoria directa a Alice Liddell y, por si quedaran dudas, el cierre de la secuela, A través del espejo, esconde un poema acróstico cuyas iniciales deletrean, verso a verso, su nombre completo. Alicia existía, y no vivía en un país de maravillas, sino en la estricta Inglaterra victoriana.
Retrato de una musa victoriana
Nacida en mayo de 1852, Alice fue la cuarta de diez hermanos. Hija del académico Henry Liddell y de Lorina Reeve —heredera de terratenientes vinculados a la nobleza—, su destino cambió en 1855 cuando la familia se trasladó a Oxford.
Allí, su padre asumió como decano de Christ Church, uno de los colegios más prestigiosos de la universidad.
En ese micromundo de té, alta sociedad y exigencias sociales, la madre de Alice, obsesionada con que sus hijas lograran matrimonios ventajosos, las entrenó desde pequeñas en el arte de la conversación y el protocolo.
Alice creció asistiendo a fiestas de la realeza, pero lejos de ser una figura sumisa, su bisnieta la recordaría años después con una personalidad imponente: “Era prepotente, altanera y mandaba a todos a su alrededor”.
Fue en ese escenario donde apareció Charles Dodgson. Con 24 años, el matemático entabló una profunda amistad con la familia, especialmente con las tres hermanas Liddell: Lorina, Alice y Edith.
Dodgson encontró en la fotografía —una de sus grandes pasiones junto al teatro— la llave perfecta para integrarse en ese círculo exclusivo. Las niñas, magnéticas y fotogénicas, se convirtieron en sus modelos predilectas.
Las tardes de río y el regalo de Navidad
Pronto se volvió una tradición que el profesor llevara a las tres hermanas a pasear en bote por el río Támesis. Durante esas excursiones veraniegas, las niñas le exigían historias para espantar el aburrimiento.
Fue en una de esas tardes de remo y calor cuando Dodgson empezó a tejer en voz alta los primeros delirios de lo que hoy conocemos como el País de las Maravillas.
Al regreso de uno de esos paseos, una pequeña Alice de diez años le pidió un deseo: “Escribe una historia para mí”. Dodgson pasó los siguientes dos años y medio pasando en limpio sus fantasías y dibujando sus propios bocetos.
En la Navidad de 1863, le entregó a la niña un manuscrito titulado Las aventuras de Alicia bajo tierra. Animado por sus colegas, ese regalo íntimo se transformaría poco después en un fenómeno editorial mundial.
El quiebre del idilio y los amores prohibidos
Sin embargo, el año de la entrega del manuscrito coincidió con una ruptura abrupta y misteriosa. En 1863, la intensa relación entre el escritor y la familia Liddell se cortó de golpe.
Los biógrafos aún debaten los motivos: algunos sugieren que la madre de Alice vio con malos ojos la excesiva atención de Carroll hacia su hija de once años; otros hablan de un supuesto romance del escritor con la institutriz, o de un intento de seducción hacia la hermana mayor.
El silencio se apoderó de ellos, salvo por contadas excepciones. Volvieron a verse en el estudio fotográfico de Carroll en 1870 para una última sesión, y mantuvieron una correspondencia formal que se apagó definitivamente en 1892.
Seis años más tarde, en 1898, Dodgson moriría en Guildford a causa de una neumonía.
Entre príncipes y la tragedia de la guerra
La vida real continuó para Alice fuera de las páginas del libro. En su juventud, llegó a captar la atención romántica del príncipe Leopoldo, duque de Albany e hijo menor de la reina Victoria.
El idilio no prosperó por las presiones de la corona, y el príncipe terminó casándose con una noble alemana, aunque el afecto perduró: Leopoldo llamó Alice a su primera hija, y fue el padrino de uno de los hijos de ella.
Finalmente, Alice se casó en la mítica Abadía de Westminster con Reginald Gervis Hargreaves, un acaudalado estudiante de Christ Church. Tuvieron tres hijos, pero la realidad golpeó con una crueldad que ningún cuento pudo amortiguar: dos de ellos murieron en el frente de batalla durante la Primera Guerra Mundial.
El cansancio de ser un mito
Hacia 1928, acorralada por los problemas financieros de la viudez, Alice tomó una decisión dolorosa: subastar en Sotheby ‘s el manuscrito original que Carroll le había regalado en aquella Navidad de su infancia.
Un coleccionista estadounidense lo compró por 15.000 libras de la época, iniciando un periplo que terminaría en 1948, cuando el texto regresó a Inglaterra para ser donado al Museo Británico.
Ya anciana, en 1932, cruzó el Atlántico hacia Nueva York para recibir un doctorado honorífico en la Universidad de Columbia por el centenario de Lewis Carroll. Fue allí donde su rostro apareció por primera vez en las pantallas de televisión.
Frente a los micrófonos, despojada de la nostalgia que el mundo le exigía, dejó caer una confesión amarga: “Me estoy cansando de ser Alicia en el país de las maravillas. ¿Suena ingrato? Lo es”. A su hermana le confesaría lo mismo: estaba harta de vivir a la sombra de una niña de papel.
Alice Liddell falleció por causas naturales el 16 de noviembre de 1934, a los 82 años, en el pueblo de Westerham.
Sus cenizas descansan hoy bajo un epitafio que condensa su paradoja eterna: “La tumba de la señora de Reginald Hargreaves. La ‘Alicia’ en ‘Alicia en el país de las maravillas’ de Lewis Carroll“. Una última línea de texto que demuestra que, ni siquiera en la muerte, el mundo le permitió ser simplemente ella misma.

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