Por Eduardo Sánchez
(Productor)

Desde 1900 a la fecha el cine argentino viene creciendo, experimentando, desarrollándose y realizando éxitos, logrando premios y galardones de todo tipo. Períodos dorados y gloriosos alternados con otros un poco más sombríos, pero siempre avanzando.

Hace pocos años se rodaban cerca de 100 películas al año, sin contar cortometrajes, películas de escuelas y emprendimientos independientes. En un momento se llegaron a estrenar cerca de 250 películas al año de diversos géneros, presupuestos, temáticas; incluso con diferente éxito.

Por cada una de esas películas trabajaban entre 6 y cerca de 100 personas, contando técnicos, actores, guionistas, realizadores, asistentes, transportistas, proveedores de catering, insumos para vestuario o escenografía, y una larga lista de etcéteras.

El presente: desfinanciación y precariedad

Hoy apenas se están realizando algunas producciones de alto o medio presupuesto. La mayoría de los técnicos e infinidad de actores tuvieron que recurrir a otras actividades para poder mantenerse y sobrevivir y así me crucé hace días con una productora que complementa sus ingresos como conductora de una aplicación.

También con un director de sonido que me comentaba que “por suerte había pegado una serie que lo tendría ocupado tres o cuatro semanas más; luego no tenía idea qué iba a hacer para pagar sus cuentas”. Una coordinadora de postproducción me cuenta también que casi no está haciendo nada y todos los meses se ve obligada a acudir a sus ahorros para sobrevivir.

Infinidad de pequeños productores quebraron y quedaron endeudados con el INCAA, enfrentando multas y deudas impagables. Varios se han visto obligados a judicializar sus películas con el condimento de que, al litigar contra el INCAA quedan automáticamente inhabilitados para participar de nuevas convocatorias.

Son productores que tardarán mucho tiempo antes de recuperarse y poder retomar la actividad o tal vez nunca lo hagan.

La clara política de desfinanciación sumada a trabas de todo tipo e inexplicables retrasos en la resolución de expedientes que duermen en cajones por meses, frenan la producción.

La sentencia oficial y la brecha de mercado

En una entrevista con el diputado liberal Alejandro Bongoivanni, el presidente del INCAA, Carlos Pirovano, sostenía que “… a lo mejor el cine tiene que morir”.

Aunque más adelante intentaba suavizarlo, queda claro que hay algo de deseo profundo en dicha sentencia (que no se aleja demasiado de otra que decía el presidente de la Nación refiriéndose a las empresas en general).

Con ese espíritu encaró Pirovano su gestión. Se vanagloria de haber desarmado una superestructura “de más de 800 empleados militantes” (según sus propias palabras) que habían convertido al INCAA en una caja para producir películas que veían menos de 100 espectadores.

En 2025 la película argentina más vista fue Homo Argentum con 1.829.560 espectadores. La que le siguió en cantidad de espectadores fue Mazel Tov con 360.000 y luego Belén con 175.000 (Premio Goya a Mejor Película Iberoamericana).

Las diferencias son enormes. Homo Argentum se estrenó en más de 400 salas simultáneas en todo el país y tuvo difusión en todos los medios. Una película promocionada nada menos que por el presidente de la Nación.

La trampa de las estadísticas

Es decir que esa cifra de menos o más de 100 espectadores depende de un par de factores que convenientemente se evitan mencionar.

La gerencia de fiscalización del INCAA publica una estadística semanal de las salas registradas, las que conocemos como “comerciales”.

Pero, por ejemplo, los espectadores que son invitados a la función de estreno no contabilizan. Al no pagar entrada, no suman. Probablemente a esa función de estreno hayan ido gran parte de los familiares de los realizadores que tanto le preocupan a Manuel Adorni cuando insiste en “… que no ven ni sus propias obras”.

Tampoco cuentan quienes ven la película en la mayoría de los festivales o muestras y menos aún en universidades, salas culturales y escuelas. Debería ser una cuestión de responsabilidad ética transmitirlo correctamente a los comunicadores de medios para que no repitan como loros eso de “… películas que no veían ni sus esposas”.

La vigencia de una obra más allá del estreno

Esa estadística refleja la cantidad de espectadores que vieron la película en un período determinado de tiempo y ahí está la trampa: en el período de tiempo considerado.

Que una película sume espectadores depende directamente de cuánta gente se vea atraída por su propuesta artística, para lo cual debe enterarse de su existencia, sumado a la cantidad de salas y con cuántas funciones esté exhibiéndose.

La cantidad de funciones en cartel dependerá de la cantidad de espectadores que la vean en los primeros cuatro días de exhibición; o sea los espectadores que van al cine entre jueves y domingo de la semana de estreno.

Luego se sumarán los espectadores de lunes, martes y miércoles, pero esos no contarán para determinar si sigue en cartel otra semana. La decisión se toma el lunes. Si cumple esa media permanecerá otra semana, lo que nos lleva al siguiente punto sobre la medición de los 100 espectadores.

La Guerra Gaucha” de Lucas Demare, una de las películas preferidas del presidente de Incaa, data de 1942.

En una entrevista con Eduardo Feimann, Pirovano reconoce que una película tiene un tiempo de vida que él estima en dos años.

En otra, con Mariana Brey, sostiene que ese tiempo es de 3 ó 4 años. Desde mi experiencia yo diría que ese tiempo no es menor a los 10 años.

Consultado Pirovano en esa entrevista sobre cuáles eran sus películas preferidas, una de las que menciona es “La Guerra Gaucha” de Lucas Demare, estrenada en 1942. Algo más de dos o tres años de vida útil, ¿verdad?

Ayer miraba una plataforma y veía que sumaron recientemente a su grilla de ofertas títulos como Top Gun (EEUU-1986), Highlander, (EEUU- Gran Bretaña- 2006) y la telenovela Montecristo (Argentina-2004); todas obras de hace más de veinte años.

¿Es entonces válido ese cálculo sobre los espectadores que pueda tener una película en sus primeros cuatro días en el mercado? Convengamos que al menos es una lectura sesgada y tendenciosa si solo se consideran esos días sin considerar la vida posterior de la obra.

El desafío de reconectar con el público

Es verdad que parte del cine argentino ha perdido cierto compromiso y enamoramiento con su público natural; y ese debería ser el trabajo dónde enfocarse.

La diferencia podría ser la difusión y la ventana que le damos a cada producción. Si el público no se entera de la existencia de una película, difícilmente vaya a verla. En el menú de opciones de entretenimiento ni siquiera figura esa posibilidad. Y ahí deberíamos juntarnos a repensar qué hacer cuando este cisma pase.

El INCAA fomenta mayormente la producción. Gestión tras gestión hubo distintos intentos de fomentar la distribución y la promoción, pero sin grandes resultados.

El cine argentino fue exitoso, prestigioso, desaparecido, censurado, prohibido, clandestino y famoso. No creo que puedan ganar esta batalla, está difícil, hay demasiada energía. Ya pasamos otras crisis y el cine siguió creciendo.

Resistencia y esperanza

Mientras escribo esto, una amiga productora inaugura una sala de cine donde ella hace de programadora y proyectorista, otra organiza en un bar un ciclo semanal de cine musical, un amigo me invita a hacer un podcast sobre cine documental y otro organiza una función especial de un solo día en Calafate.

También un colega me convoca a producir una ficción con amigos. Pocas jornadas, poco equipo y menos actores, pero con demasiada esperanza. Cine militante, cine itinerante, cine de combate. Cine que todavía está vivo.

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