La escena se repite con la precisión de un mecanismo de relojería: una notificación en el celular interrumpe la caminata por una vereda cada vez más ajena. Lo que antes era un cruce de miradas en el espacio público hoy es el choque sordo de dos burbujas que no se tocan. 

Es que en la era de la hiperconectividad, el diálogo parece haberse convertido en un objeto de museo, desplazado por el estruendo de la descalificación y el refugio seguro de los algoritmos.

Bajo esta premisa, el Instituto Cultura Contemporánea lanza una pregunta que incomoda pero urge: ¿es posible hoy el debate genuino? 

La propuesta se titula “La imposibilidad del debate: Ciudad, tecnología y cultura“, una charla abierta que busca diseccionar cómo la ciudad física y la digital han dejado de ser espacios de encuentro para transformarse en trincheras.

El refugio del vidrio polarizado

La paradoja es evidente. Mientras las redes sociales prometían la democratización absoluta de la palabra, terminaron por “memetizar” el pensamiento complejo. La profundidad se canjeó por el emoji de indignación y esta lógica no se queda encerrada en el teléfono; se derrama sobre el trazado urbano.

Hoy, la ciudad replica el aislamiento del algoritmo. El desplazamiento entre vidrios polarizados y comunidades cerradas funciona como un espejo de nuestras redes sociales: un sistema diseñado para no ver al que piensa distinto, para blindar convicciones y anular la diversidad, que pasó de ser un valor a percibirse como una amenaza.

Pensar la democracia como práctica

El encuentro contará con las voces de Pablo Avelluto, Julia Oliva Cuneo y Juan Manuel Aranovich, bajo la moderación de Pancho Marchiaro.

La cita será el martes 31 de marzo a las 19 y será el marco para el lanzamiento del Curso de Gestión Cultural de triple impacto del ICC.

El debate –actividad gratuita on-line con inscripción previa– intentará rastrear las responsabilidades de la política, la tecnología y la cultura en esta clausura del espacio común.

Si la democracia no es solo un sistema que se vota cada tanto, sino una práctica cotidiana en disputa, el primer paso es admitir el diagnóstico: solo nombrando la imposibilidad del diálogo se puede empezar a desmantelar el muro que nos separa.

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