Tres décadas en un combate imaginario convirtieron al soldado japonés Hirō Onoda en el protagonista de una de las historias más insólitas del siglo XX.

Sin saber que la Segunda Guerra Mundial había concluido con la rendición de Japón, Onoda permaneció atrincherado en la selva de Filipinas hasta 1974, sosteniendo una lucha solitaria guiada por el cumplimiento irrestricto del deber. 

Ese combate suspendido en el tiempo es el eje de El crepúsculo del mundo, la primera novela del cineasta alemán Werner Herzog, publicada en español por la editorial Blackie Books.

La trayectoria de Herzog antes de abordar las páginas impresas estuvo marcada por la frugalidad y la aventura extrema. Durante su infancia en un pequeño pueblo de Baviera no tuvo acceso al cine, la televisión o el teléfono. A los 19 años filmó su primer cortometraje, Herakles, financiando el proyecto con su trabajo como soldador. 

Desde aquel inicio incipiente, el realizador concibió, produjo y dirigió más de sesenta largometrajes protagonizados por personajes reales o ficticios empujados hacia sueños imposibles, entre la aventura desmedida y el fracaso irremisible.

Obras icónicas como Nosferatu vampiro de la noche (1979), Aguirre, la ira de Dios (1972) y la ambiciosa Fitzcarraldo (1982) consolidaron su estética del exceso.

Por caso, en esta última filmación, protagonizada por Klaus Kinski y con la participación inicial de Mick Jagger, el equipo de producción arrastró un barco de 320 toneladas sobre una colina de 500 metros en la Amazonia para recrear la peripecia de un empresario cauchero obsesionado con construir un teatro de ópera en la selva. 

El caótico rodaje dio origen además a Conquista de lo inútil, el diario donde Herzog plasmó una producción descrita como una de las crónicas más relevantes de la cinematografía moderna.

Encuentro en Tokio

El vínculo entre el cineasta y el soldado surgió a partir de una invitación institucional. En 1997, Herzog viajó a Japón para dirigir una producción operística.

Durante su estancia, las autoridades locales le ofrecieron una audiencia con el Emperador en el Palacio Imperial, propuesta que el director rechazó por no hallar puntos de conversación en común. En su lugar, Herzog solicitó conocer a Hirō Onoda, el oficial que había defendido la isla de Lubang durante 29 años.

La reunión inicial derivó en un vínculo estrecho alimentado por múltiples encuentros. En esas conversaciones, Herzog identificó una afinidad profunda con las vivencias del exsoldado, vinculada a sus propias experiencias de rodaje en entornos selváticos inhóspitos. 

A partir de los relatos y percepciones transmitidos por Onoda, el realizador estructuró su primera obra de ficción narrativa.

Werner Herzog. El cineasta identificó una afinidad profunda con las vivencias del exsoldado, vinculada a sus propias experiencias de rodaje en entornos selváticos inhóspitos.

La célula invisible de Lubang

A finales de 1944, Onoda arribó a la isla filipina de Lubang como oficial de las fuerzas especiales, entrenado en sabotaje y guerra psicológica. Ante el repliegue inminente de las tropas japonesas, recibió la orden estricta de formar una célula de cuatro hombres para contener al enemigo hasta el retorno del ejército imperial. Las instrucciones prohibían categóricamente la rendición o el suicidio, exigiendo una integración absoluta con el entorno selvático.

Sin recibir notificación alguna sobre la capitulación de Japón ante Estados Unidos en 1945, la patrulla continuó operando en la clandestinidad.

Para subsistir, aplicaron una disciplina estricta basada en el suministro mediante incursiones a cultivos de arroz y enfrentamientos esporádicos con campesinos locales y fuerzas armadas filipinas. 

Durante años, las tropas estadounidenses y filipinas intentaron contactarlos mediante altavoces y folletos lanzados desde aviones anunciando el fin del conflicto, pero Onoda interpretó los mensajes como propaganda y emboscadas del enemigo.

Con el paso del tiempo, la célula fue reduciéndose tras la muerte de sus compañeros en distintos tiroteos, dejando a Onoda en solitario. La novela documenta esta cronología a través de capítulos cortos fechados que alternan entre 1945, 1954 y 1974, reflejando cómo cada acontecimiento externo era asimilado como evidencia de que el combate continuaba activo.

Con el tiempo, la célula de Onoda fue reduciéndose tras la muerte de sus compañeros en distintos tiroteos, dejando al soldado en solitario.

El fin de la contienda

El desenlace de la ocupación solitaria comenzó el 21 de febrero de 1974, cuando Norio Suzuki, un joven aventurero que había abandonado sus estudios universitarios para buscar a Onoda, a un oso panda en China y al Yeti en el Himalaya, localizó al teniente en la jungla. 

Frente a las explicaciones del viajero, Onoda condicionó su entrega a la recepción de una orden militar formal de sus antiguos superiores.

Suzuki regresó a Tokio con registros fotográficos del encuentro, lo que movilizó al gobierno japonés hasta dar con el paradero del antiguo comandante Yoshimi Taniguchi, de 88 años. 

El 9 de marzo de 1974, Taniguchi voló a la isla de Lubang y dio la orden oficial de deponer las armas. En ese acto, Onoda entregó su fusil Arisaka tipo 99 operacional, junto a 500 cartuchos y varias granadas de mano.

En las páginas del libro, Herzog reflexiona sobre el significado de esa contienda desfasada en el tiempo: “La batalla de Onoda no tiene sentido para el universo, el destino de los pueblos, el curso de la guerra. La batalla de Onoda está formada a partir de la unión de una Nada imaginaria y un sueño, pero la batalla de Onoda, engendrada de la Nada, es un acontecimiento grandioso, arrebatado a la eternidad”. 

Para el cineasta, la entrega del teniente no representó un acto insensato sino una tragedia articulada sobre la fe ciega en un sistema de creencias.

Hirō Onoda murió el 16 de enero de 2014, a los 91 años, en el Hospital internacional de San Lucas (Tokio, Japón).

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