Salimos de Rosario en un día luminoso. El cielo, limpio y abierto, prolongaba sobre la ruta la claridad de la mañana. Enrique condujo durante las casi seis horas que duró el viaje. La ruta fue imponiendo su propio ritmo; kilómetros de llanura, estaciones de servicio, alguna pausa breve y, nuevamente, el camino.
A medida que avanzábamos hacia Córdoba, el paisaje adquiría otra fisonomía. La inmensidad de la llanura comenzaba a ceder y el horizonte se volvía más ondulado. Finalmente, después de tantas horas, llegamos a Villa del Totoral, en el norte de la provincia de Córdoba, una población atravesada por la memoria del antiguo Camino Real, aquella histórica ruta que comunicaba Buenos Aires con el Alto Perú.
El pueblo conserva todavía el aire sereno de las antiguas poblaciones, con sus calles apacibles, sus árboles añosos, sus casonas que evocan otros tiempos y una arquitectura en la que todavía pueden reconocerse las huellas de su historia.
Habíamos dejado Rosario muchas horas antes y ahora estábamos allí, en aquel rincón del norte cordobés donde parecía que el tiempo transcurría de otra manera. Villa del Totoral nos recibía con su quietud, la memoria de sus casas antiguas y una calma profunda, como si el paisaje nos invitara a detenernos y escuchar las historias que todavía atesora.
Refugio del exilio y espacio de encuentro intelectual
Fuimos a la casa de Rodolfo Aráoz Alfaro, aquella casona que fue el primer refugio argentino de María Teresa León y Rafael Alberti. Para Enrique (Llopis, gran cantante y compositor argentino y amigo de Alberti), aquella casa no era un lugar desconocido. Había estado allí muchas veces, pero la visita que realizó en 1992 tuvo un significado particular, dado que esa vez pudo recorrerla junto a Rafael Alberti, regresando con él a la que había sido su casa durante los primeros años del exilio. Aquel recorrido le permitió asistir a ese diálogo silencioso entre un hombre y un lugar que había sido parte de su historia.
La casa de Aráoz Alfaro —que permanece casi igual— había sido un espacio de acogida para muchos intelectuales. Sigue allí el pórtico que hizo construir Pablo Neruda durante una de sus estadías y también la hermosa galería que se abre hacia el parque y el jardín, el mismo lugar donde alguna vez fotografiaron a Alberti conversando con la dueña de casa, María Carmen Portela, la talentosa escultora y esposa de Rodolfo Aráoz Alfaro.
Sus muros conservan algo más que la solidez de una construcción antigua. Son acogedores, serenos, estables; parecen saber de historias que guardan celosamente, en silencio. Ese mismo silencio que seguramente escucharon y disfrutaron María Teresa León y Rafael Alberti cuando llegaron a Totoral en marzo de 1940.
Rodolfo y María Carmen fueron durante aquellos primeros días sus anfitriones y sus guías. La casa estaba entonces alejada de las pocas manzanas que constituían el centro del pueblo, que por aquellos años tenía apenas unos quinientos habitantes. Eran pocos los comercios donde podían conseguir los víveres necesarios.
Pero María Teresa y Rafael no tardaron en integrarse a aquella pequeña comunidad. Los peones de la estancia La Celina —también propiedad de Aráoz Alfaro—, criollos fuertes y acostumbrados al trabajo, estaban siempre dispuestos a encontrar una solución para las necesidades de aquellos recién llegados. Cada día llegaban el tarro de leche y las verduras y frutas cosechadas en las quintas de esas mismas tierras. Poco a poco, alrededor de esas cosas sencillas y necesarias, la nueva vida de la pareja comenzó a organizarse.
Aquel rincón apartado se había convertido, en esos años, en un lugar de encuentro para hombres y mujeres vinculados a las letras, el arte y las ideas progresistas. Entre las amistades que María Teresa y Rafael fueron construyendo estaba Deodoro Roca, uno de los principales protagonistas de la Reforma Universitaria de 1918. Aunque Roca no vivía en Totoral, sino en Ongamira, a pocos kilómetros de allí, su cercanía con la pareja hizo de él uno de sus grandes amigos durante aquellos años.
También llegaban hasta Totoral el doctor Gregorio Bermann y su esposa, la exquisita cantante de ópera Isa Kremer. Bermann había participado en la Guerra Civil Española y trabajado en Madrid en la atención de las consecuencias psíquicas y traumáticas provocadas por la guerra.
Su presencia adquiría, por eso, un significado especial para María Teresa y Rafael. Con él podían hablar de una experiencia que todavía estaba demasiado cerca, hecha de guerra, de amigos perdidos y de heridas que el exilio había dejado abiertas.
Allí, alejados del ruido del mundo y rodeados de una naturaleza apabullante, María Teresa y Rafael recordaban y volvían a un tiempo todavía cercano, aunque cada vez más lejano en la distancia. Las conversaciones, los recuerdos y las ausencias formaban parte de esa nueva vida que intentaban reconstruir.
Una nueva vida argentina
Hasta que una tarde el doctor Bermann advirtió que María Teresa no se encontraba bien. Unos días después fue él mismo quien le anunció que aquel malestar no era una enfermedad sino una nueva vida que latía en tierra argentina. Había nacido así la noticia de lo que Rafael Alberti anunciaría con emoción: «Tenemos una niña argentina».
Los días fueron adquiriendo entonces un nuevo ritmo. En Totoral encontraron el tiempo y la calma que necesitaban para recomponerse, descansar el cuerpo, recuperar fuerzas y, de algún modo, empezar a curar el alma.
Rafael escribía durante largas horas, pero encontró además en la carpintería otro espacio para su imaginación y sus manos. María Teresa lo recordaría años más tarde en una entrevista publicada en la revista Mucho Gusto, donde contó que muchos de los muebles de la casa habían sido hechos por él, entre ellos el pequeño escritorio donde ella escribía, instalado en un rincón del living.
No era, precisamente, el «cuarto propio» que Virginia Woolf había reclamado para las mujeres que escribían, pero María Teresa había encontrado en aquella casa cordobesa un pequeño territorio para su escritura, su intimidad y su creación.
El legado cultural de Totoral
Mientras tanto, la pareja iba descubriendo a sus vecinos y ampliando su círculo de amistades. Estaban los Rusiñol, los Allende, los Frías, familias que acostumbraban a pasar los veranos en Totoral y que, para cuando María Teresa y Rafael llegaron en el otoño, habían dejado el pueblo sumido nuevamente en su habitual tranquilidad.
¡Tantas historias quedaron adheridas a esas casas, a esos caminos, a esos paisajes!
Cada habitante parece conservar alguna memoria, una anécdota, una imagen de quienes alguna vez pasaron por allí. Porque Totoral fue, durante décadas, mucho más que un lugar de descanso. Fue refugio, lugar de encuentro y territorio de creación para hombres y mujeres que hicieron de la cultura, de la amistad y de las ideas una forma de vida.
Y quizá sea justamente eso lo que todavía se percibe al llegar a Totoral: la sensación de que algo de aquellas vidas permanece allí, suspendido entre las paredes de las casas, bajo los árboles y en el silencio reinante.
Seminario, música y memoria en La Loma
Nos esperaban en La Loma, el hermoso casco de la estancia que había pertenecido a los Allende y que Roberto Noble, fundador del diario Clarín, compró en 1946. También él encontró en Totoral la tranquilidad y el silencio que unos años antes habían buscado Rafael y María Teresa.
¿Se habrán cruzado alguna vez? Es poco probable. Para 1946, los Alberti ya estaban establecidos en Buenos Aires. Aitana, su hija argentina, tenía cinco años y los veranos transcurrían en Punta del Este, en aquel otro paisaje de pinos donde ambos escribieron, trabajaron y también fueron felices.
En La Loma —convertida hoy en un hermoso hotel— nos esperaba un grupo de mujeres, convocadas por la historiadora Inés Achával y la psicóloga Olga Carrión, para compartir un seminario sobre la Guerra Civil Española durante un fin de semana de sol y libertad. Fueron dos días hablando de María Teresa y Rafael, recuperando sus historias, sus palabras, sus pasos por aquella tierra.
Y tuvimos, además, el regalo de contar con Enrique Llopis, amigo de Rafael y compañero suyo en la creación artística, al componer la música de varios poemas de su libro Baladas y canciones del Paraná. El poeta y el cantante unieron sus voces en “El viento que viene y va“, el hermoso disco grabado con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de Praga. Era, por cierto, una situación para agradecer.
Un refugio que perdura
Durante un fin de semana, de alguna manera, regresamos a aquel Totoral de 1940, al pueblito de poquísimas casas que hoy se ha convertido en ciudad, pero que todavía parece conservar una poesía suspendida en el aire.
La casa seguía allí. El paisaje también. Y nosotros, tantos años después, volvíamos a caminar por aquellas mismas tierras para escuchar, en el silencio de sus muros y de sus árboles, algo de las voces de quienes alguna vez encontraron allí un refugio.
Queda mucho por decir y por contar. Seguramente habrá nuevos encuentros y, con ellos, nuevas historias que recuperar y disfrutar. Porque hay lugares que no terminan de contarnos nunca todo lo que guardan. Y Villa del Totoral es, sin duda, uno de ellos.

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