Por Diego Fonti (CONICET-UCC)

Todavía resuenan ecos del mundial. En mis oídos -no desinteresados- aún hay ecos; particularmente dos: una secuencia de experiencias que podríamos caracterizar como de felicidad y una serie de expresiones sobre el racismo. 

Es difícil poner a ambos ecos en una misma resonancia, pero sorprendentemente hay algo común y profundamente ligado a una experiencia cultural.

Racismos

No soy tu negro” es un documental de Raoul Peck basado en la obra de James Baldwin, un escritor que, como pocos, supo poner en escena el racismo de los Estados Unidos

Hace poco, hablando de una ciudad particular, alguien me decía que lo peor que te podía pasar ahí era “ser pobre, puto, negro y zurdo”. Y Baldwin era todas esas cosas. 

Fácilmente se encuentran en internet sus textos y entrevistas, donde muestra cómo el color es un modo del aprecio o del desprecio.

“No soy tu negro”, documental de Raoul Peck basado en la obra de James Baldwin.

Si tomamos como medida de la discriminación o el racismo las expresiones de Baldwin, se entiende la reacción de muchos argentinos frente a la acusación de racismo, que fue in crescendo durante el mundial.

Sin duda, el racismo en Argentina no tuvo las leyes de “Jim Crow”, con las que Estados Unidos impidió (en un punto, todavía limita) el ejercicio legal de los derechos ciudadanos. 

De hecho, estudios muy serios muestran cómo todavía hoy las viejas leyes segregacionistas siguen teniendo efecto. Esas leyes que, por ejemplo, generaban guetos y zonas de residencia separadas para afrodescendientes en algunas de las grandes ciudades (a propósito, investigaciones recientes sobre justicia climática muestran los efectos en la salud de las personas según clase social, con relación directa al tipo de densidad, forestación y “raza”, en zonas claramente identificables, generadas intencionalmente en los proyectos habitacionales de la década de 1930).

Aclaremos que la figura del afrodescendiente no es la única referencia de la segregación. La situación de los japoneses-norteamericanos durante la segunda guerra mundial, los campos de concentración establecidos en Manzanar (California), la expropiación de sus bienes y las prohibiciones que sufrieron todavía después de la guerra, muestran que el desprecio por el otro no es exclusivo de un grupo o etnia.

Tampoco Argentina tuvo parte en los comercios de personas de los grandes imperios que establecieron sus fortunas a partir del mercado humano. 

Pero eso no significa que no tengamos nuestra propia historia oscura. La sociedad de castas de la colonización, los vínculos del capitalismo con el patriciado y las oligarquías nacionales, el rol de éstas en el exterminio de los pueblos originarios (ese ya no atribuible a los conquistadores sino al Estado argentino, y tampoco reductible a la época de la generación del `80, pensemos en la Masacre Napalpí de 1924 o la Pilagá en 1947; o las noticias actuales que nos muestran a activistas de pueblos originarios cruelmente atacados por quienes pretenden sus tierras), son solo algunos ejemplos.

Y en medio de todo esto, como muchos filósofos, sociólogos, antropólogos e incluso teólogos, tenemos que reconocer también las configuraciones internas de nuestro país, las migraciones hacia las grandes ciudades y sus cinturones de asentamientos, donde muchas de esas comunidades desplazadas se asentaron, se mezclaron, y buscaron un futuro.

La felicidad del pueblo

Es notable que la voz en off de “No soy tu negro” es la de Samuel Jackson, uno de los referentes más famosos de las afirmaciones sobre el racismo argentino. 

Más interesante aún fue el movimiento, casi defensivo, de tantas personas, negando algo que -muchas de ellas- probablemente hubieran admitido antes de esas expresiones. 

Que no es lo mismo tener un color u otro en Argentina (por lo menos no en ciertas circunstancias y lugares); que el trato no es el mismo para todas las racializaciones; que no es lo mismo el apelativo “negro” según la intención y el contexto; que las clases dominantes han sido históricamente de colores y fenotipos diversos de las clases dominadas, por más que efectivamente hubiera mestizaje y vínculos que no sucedieron en otras latitudes.

Y fundamentalmente, que hay una categoría compleja y englobante, difícil de aceptar por las ciencias sociales y las humanidades, pero que persiste para nombrar algo que no es pero puede ser, que es la categoría pueblo.

Reconozco que es compleja la primera resonancia de la palabra, porque las intencionalidades múltiples permiten también resaltar otras facetas. 

Es que pueblo es una palabra ciertamente problemática, con sus orígenes religiosos y sus mutaciones históricas (en Alemania aún hoy es casi inadmisible referirse al “Volk” por las resonancias nazis). Pero es una construcción posible, incluso necesaria.

Un grupo de niños en la Puna, alegres por la selección, tocaban sus zampoñas y charangos, en la pequeña calle central, rodeados por todo el pueblo. 

Una marejada de gente de los más diversos colores y fenotipos se abrazaban al lado del obelisco. 

Personas muy distintas celebraban juntas y al mismo tiempo. Un momento deportivo catalizó sentimientos de pertenencia. También la alegría de pertenecer de un modo compartido, abierto, con una hospitalidad que parecía llegar hasta Daca o Yakarta.

Por eso, es preciso contraponer al documental de Baldwin la escena de “Made in Argentina”, donde Leonor Manso habla con su marido, “el Negro”, interpretado por Patricio Contreras, que está considerando emigrar. “Vos acá sos el negro”, nuestro negro, diríamos. Ese que todos conocen y quieren; a quien cuando se incendió su taller en Lanús, todos corrieron a ayudar. 

Al verlo, está claro que es alguien que tiene sangre originaria en sus venas, lo que ahora se llama, a veces despectivamente, “marrón”. Pero también es alguien que está entramado con otros que posiblemente no tengan la misma ancestría, pero sí una pertenencia común. Esos que están felices.

Porque el aprecio es elemental para cualquier cuota de felicidad. Es el reconocimiento y la valoración del otro, lo opuesto a su desprecio. Es lo que hace que el otro se sienta bien de estar con quien se siente bien por estar con él.

Obviamente, es un revés para las almas bellas que sean las victorias -o los Messis- quienes generan esa adhesión feliz. Pero también es una advertencia, para las almas “realistas”: la pertenencia no es exclusiva ni determinada, sino porosa, abierta, y, en el mejor de los casos, hospitalaria. Y requiere de bienes compartidos, como lo sintieron con su equipo quienes lo celebramos.

Por eso, la pertenencia no queda exenta de crítica cuando no cumple con sus condiciones. Cuando termina el festejo y quienes están en aquellos lugares periféricos o lejanos ya no son vistos como miembros de una misma comunidad, sino como estorbo o carga. 

O, a lo sumo, como objeto de beneficencia, pero no como riqueza y aporte, multiplicidad en la unidad. Y como deuda interna.

Nadie se salva solo, pero tampoco debería festejar solo, en un círculo cerrado. La felicidad es colectiva. 

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