Cineasta, músico y escritor, Jorge Zima habita una geografía creativa donde las disciplinas se cruzan para intentar descifrar lo cotidiano. 

Licenciado en Composición por la Universidad Nacional de Córdoba y con un posgrado en la Universidad de Bristol, Zima ha construido una carrera marcada por la independencia y la gestión cultural, recordada por el emblemático espacio porteño Vaca Profana

Además de haber dirigido largometrajes como Noche en la Terraza y Boca de Fresa, su mirada se posa ahora sobre el papel.

Su nuevo libro, Restos Diurnos (Ed. De los cuatro vientos), se presentará el próximo 28 de abril a las 20 en el stand de la editorial en La Rural, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

La obra funciona como un diario de los años pandémicos donde la poesía, el relato breve y el dibujo se amalgaman para registrar una época kafkiana, mediada por un humor ácido que no elude la melancolía.

En diálogo con Puntos de Fuga, el escritor reflexiona sobre las derrotas como habilitación para el decir, la maquinaria del deseo y la necesidad humana de construir ficciones para tolerar la existencia.

– Anoté algunas frases de tu libro que me gustaría leerte, para que vos digas lo que quieras de ellas. Pero antes, me decías que escribiste estos textos sin los filtros habituales de quien produce para un público predefinido, ¿considerás que hubo una búsqueda cercana a la escritura automática?
– Sí, en gran medida fue así.

– En una de las páginas escribiste: “es muy difícil soportar la angustia de la existencia, sobre todo si uno tenía otras expectativas”.
– Es una frase brava, lo sé. La existencia es difícil. La capacidad de imaginar escenarios ideales para nuestra vida es ilimitada, algo similar a lo que ocurre con el arte. Uno proyecta un ideal y la realidad se interpone siempre. Ese filtro genera una tristeza por lo que no podrá ser. Si uno tiene una ambición alta —no entendida como fama o poder, sino como el deseo de lograr cosas que a veces ni siquiera podemos dibujar con precisión—, el golpe es inevitable. Alcanzar ese ideal es, en rigor, imposible.

– También decís que “haber acumulado alegrías y tristezas, logros y frustraciones y, sobre todo, un número importante de derrotas me habilitan a contar y cantar algunas cosas”. ¿La derrota funciona como una suerte de credencial?
– Exactamente. Las derrotas son las que te dan el carnet, la autorización para decir: ‘yo también he mordido el polvo’. Eso permite establecer un diálogo con el otro desde un lugar de semejanza. Sé de qué se trata vivir y desde ahí puedo contarte algo.

– Sin embargo marcás una distinción tajante al decir que “asumir las derrotas no es lo mismo que fracasar. Las derrotas vienen de afuera, en cambio el fracaso es un movimiento interno”.
– Sí, bueno. La derrota se da frente a un objetivo concreto: una película que no se pudo filmar, un proyecto comercial que no prosperó o un amor que no pudo ser. Todos conocemos ese sabor. El fracaso, en cambio, es una sensación global. Uno puede ser derrotado muchas veces pero no fracasar si ha mantenido la coherencia con su deseo. Mientras uno siga empujando por aquello que desea, el fracaso no se concreta.

– Esta frase me encantó: “Primero estaban los jodidos hasta que aparecieron los neojodidos que te joden de nuevo, pero peor”. 
– Eso tiene una ilusión bastante clara, ¿no?, porque el mal suele presentarse con disfraces nuevos. Pero estos son los mismos de antes, con las mismas ideas, que ahora se disfrazan de novedad, intentan convencerte de que tus ideas son antiguas o que pertenecés al pasado mientras ellos representan lo nuevo. Son los mismos perversos y egoístas de siempre, pero esta vez te joden de una manera más sofisticada.

– En otra parte del libro sugerís que “al final toda actividad humana es un intento por escapar de la angustia existencial”. ¿Es el arte parte de ese escape?
– Absolutamente. Los seres humanos nos montamos un teatro necesario para vivir. Si tuviéramos una conciencia absoluta de la realidad todo el tiempo, la vida sería insostenible. Al final del camino está la muerte, y eso le quita sentido a todo lo que armamos. Por eso necesitamos esta “carpa”: jugamos dentro de ella para darnos una estructura. Sin embargo, me parece saludable hacer un agujerito en la lona y espiar hacia afuera de vez en cuando, aunque lo que veamos sea desolador. Algunos necesitamos que ese teatro sea un poco más complejo o rico para que logre entretenernos.

– ¿Cómo te llevás con la idea de la muerte?
– Como decía Woody Allen, estoy en contra (se ríe). Es una idea que vivo con cercanía, no es un concepto que intento alejar permanentemente. Me vuelve siempre. Por eso me gusta tanto el hacer y la sensualidad; creo que es lo que nos salva de esa sensación. Trato de ahuyentarla sabiendo que está ahí, aunque a veces pierda la práctica en ese ejercicio de equilibrio.

El libro se presentará el 28 de abril a las 20 en el stand de la editorial en La Rural.

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