A John Reed le decían “el cronista de la revolución”. Periodista, poeta y escritor, Reed había nacido en Portland, Oregón (una ciudad norteamericana de corte industrial) el 22 de octubre de 1887. Su muerte lo encontró en 1920, con apenas 33 años.

De la cuna burguesa a la bohemia neoyorquina

Educado en el seno de una familia burguesa, con una madre que intentó imponerle su mirada del mundo y un padre que, dedicado a los negocios, enfrentó la corrupción de la industria maderera en Oregon, a los veinte años se mudó a Nueva York

Tenía solo 33 años cuando murió de tifus  (fue enterrado en la Necrópolis del Kremlin, en la Plaza Roja, en Rusia) pero su vida, aunque corta, fue muy intensa. 

Estuvo casado con la escritora feminista Lousie Bryant, estudió en Harvard y si bien era muy aficionado a los deportes, fue el periodismo el que finalmente lo capturó.

Cuando se fue a vivir a Nueva York recaló en el centro mismo de la bohemia roja neoyorquina, en la que empezó su apasionada relación con el movimiento obrero. 

Podría decirse que su formación empezó en un club donde se reunían activistas políticos culturales. Entre sus gustos, la poesía y el teatro siempre ocuparon las primeras planas de su vida.

El periodismo como compromiso histórico

Manifestación de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) en Nueva York, 11 de abril de 1914.

Esa sensibilidad que tenía se fue mezclando con una época marcada por las crisis, las guerras y las revoluciones.

Empezó a trabajar en la revista Las masas, donde se fue haciendo un nombre como narrador en el lugar de los hechos. Para Reed el periodismo debía estar comprometido con la historia, lo que ameritaba que los hechos fueran contados desde el centro mismo de la acción.

Como militante, John Reed dio sus primeros pasos en el Sindicato de Trabajadores Industriales del Mundo, una organización laboral revolucionaria fundada en 1905 en Estados Unidos, conocida como los Wobblies, que agrupaba a los trabajadores inmigrantes y nativos sin convenios laborales ni derechos. 

Tras mantener largas conversaciones con los obreros entendió que el problema no era que había uno o dos empresarios “malos”, ni que la Justicia no escuchaba los reclamos de los trabajadores: el problema era que había todo un sistema orquestado a esos fines, el sistema capitalista. Y tal fue su compromiso con los acontecimientos, que en varias oportunidades estuvo preso.

La huelga de Paterson: El arte como denuncia

Huelga de la seda de Paterson, 1913.

En 1913 cuando escribió sobre la Huelga de Paterson en New Jersey (donde 25 mil trabajadores reclamaban por sus derechos laborales) se dio cuenta que eso era una verdadera guerra de dos bandos: por un lado los trabajadores y por el otro los policías y patrones. 

Entonces Reed tomó partido por los trabajadores, pero ni bien se sumó a la huelga, cayó preso. Lo condenaron a 20 días de prisión efectiva pero cuando la policía se enteró que él no era obrero, sino un poeta, lo dejó en libertad.

Indignado por el hecho, una vez que lo dejaron en libertad, Reed organizó -con la ayuda de un grupo de artistas- una obra de teatro para dar apoyo a la huelga. La pieza teatral llenó ni más ni menos que el Madison Square Garden

La obra, protagonizada por actores y por los propios trabajadores, contaba la historia de la huelga textil de Paterson. Al día siguiente toda la prensa hablaba -con pánico y con furia, claro- contra los huelguistas. Pero así lograron romper el cerco mediático y el silencio que había sobre los hechos.

México Insurgente: Entre balas y crónicas

Reed fue vanguardista en la crónica, un estilo periodístico que supone la inmersión en los acontecimientos para poder interpretarlos mejor. Se podría decir que su vida estuvo marcada fundamentalmente por dos acontecimientos que transformaron la historia y en los que él no sólo estuvo presente cronicando, sino que fue de algún modo también partícipe. 

En 1911 cubrió la revolución mexicana, acompañando a Pancho Villa, líder de la revolución del país azteca, en sus incursiones por el norte de México. Fue a partir de esas crónicas que escribió uno de sus mejores libros: México insurgente.

Tras una serie de negociaciones para que la revista Metropolitan Magazine le diera una corresponsalía y que un periódico le pagara los gastos del viaje, logró ir a cubrir el proceso revolucionario.

Estuvo allí cuatro meses. Al principio los campesinos veían con desconfianza que un gringo cubriera la revolución. Ellos sabían que la prensa yanqui presentaba a la revolución bajo un manto de mentiras y calumnias, pero Reed no sólo acompañó a las tropas de Tomás Urbina y Pancho Villa, sino que inmediatamente simpatizó con ellos.

Sus reportajes sobre la revolución mexicana tuvieron mucho eco y después de la publicación del libro -que por cierto se volvió un éxito en los EEUU- Reed viajó a Europa para cubrir la Primera Guerra Mundial.

Fiel a sus convicciones, desde el principio denunció que la guerra tenía un carácter imperialista, lo que por supuesto no le cayó en gracia a la prensa “democrática” de Norteamérica y le valió sus primeras censuras.  

Diez días que conmovieron al mundo

El segundo acontecimiento que marcaría su vida fue la revolución bolchevique de 1917 en Rusia porque fue también a partir de su cobertura que escribió uno de los libros fundamentales, no sólo de la revolución sino de la historia del periodismo. 

Tal vez el acierto en sus crónicas sobre la revolución de octubre fue que Reed se metió de lleno en la vida cotidiana y entrevistó a los protagonistas de aquel levantamiento (Aleksandr Kérenski, líder del gobierno provincial; y León Trotski, quien dirigió la toma del Palacio de Invierno junto a Vladimir Lenín).

En efecto, el libro tiene pasajes en los que el periodista reproduce con suma exactitud documentos enteros (un amigo suyo contó alguna vez que esto se debía a que por dondequiera que Reed pasaba iba recogiendo documentos; y que reunió colecciones completas de los periódicos Izvestia y Pravda, además de proclamas, folletos y carteles). 

Hay quienes recuerdan que Reed sentía una especial pasión por los carteles y que cada vez que aparecía uno nuevo no dudaba en despegarlo de las paredes si no podía obtenerlo de otro modo.  

Max Eastman —su amigo y también editor— se lo cruzó por la calle un día de noviembre de 1918 y casi le costó reconocerlo: Reed estaba demacrado, sin afeitar, con los ojos rojos por la falta de sueño y una expresión como alucinada.

Estaba apurado y le pidió que por favor no le dijera a nadie dónde estaba. Le dijo que estaba escribiendo un libro sobre la revolución rusa, que escribía día y noche, treinta y seis horas seguidas. Y que ya tenía el título.  

John Reed escribió las 350 páginas de Diez días que conmovieron al mundo en menos de un mes; un libro que peligró en un comienzo porque cuando el escritor regresaba de Rusia rumbo a Nueva York le confiscaron muchos de sus apuntes y documentos que había ido recolectando; los materiales quedaron varados durante seis meses en una oficina del gobierno estadounidense. 

El legado de un soñador objetivo

Reed era principalmente un soñador, una persona que creía firmemente en la revolución y en el deber de cambiar el mundo a partir de las necesidades de las mayorías, una persona que no reparaba en arriesgarlo todo por ser testigo de los grandes eventos revolucionarios de su tiempo, sucedieran en el lugar del mundo que sucedieran.

Pero lo interesante es que más allá de las simpatías (o la animadversión) que pudiera tener, su manera de hacer periodismo era objetivo.

Él mismo lo explica en las primeras páginas de Diez días que conmovieron al mundo, al reconocer su simpatía hacia las causas revolucionarias: “En la lucha mis simpatías no eran neutrales. Pero al narrar la historia de esos extraordinarios días, he tratado de ver los eventos con la mirada de un reportero consciente, interesado en hacer constar la verdad”.

Reds: El retrato de una revolución

Estrenada en 1981, “Rojos” (Reds) fue una de las epopeyas cinematográficas más ambiciosas de la historia, dedicada a capturar la vida del periodista estadounidense.

El largometraje cuenta con una producción liderada por Warren Beatty, quien además de producirla, asumió el papel protagónico como Jack (John) Reed. Lo acompañan Diane Keaton, quien interpreta a Louise Bryant y Jack Nicholson, quien da vida al dramaturgo Eugene O’Neill.

Aclamada por su capacidad para entrelazar el romance con el rigor histórico y el documental, la película obtuvo 12 Nominaciones, convirtiéndose en una de las películas más nominadas de su año en los Premios de la Academia (además Beatty se quedó con el Oscar al Mejor Director).

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