Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el mundo se miraba en el espejo retrovisor de un Cadillac. El horizonte de expectativas -lo que deseábamos, cómo amábamos y hasta cómo protestábamos- venía enlatado desde California.
Pero el siglo XXI decidió cambiar de dial. Hoy, el pulso de la cultura de masas no late en el cartel de Hollywood, sino en los sets de filmación de Bombay, en las salas de guionistas de Estambul y en las fábricas de ídolos de Seúl.
En su libro Los nuevos reyes del mundo (publicado en español por Herder Editorial), la escritora y periodista Fatima Bhutto desmantela la idea de que la globalización es un proceso de una sola vía.
Lo que Bhutto detecta es un sismo geopolítico disfrazado de entretenimiento: el desplazamiento del “poder blando” desde Occidente hacia Oriente.
Sucede que durante casi todo el siglo XX, el poder blando fue propiedad exclusiva de Estados Unidos. Nos vendieron el “American Way of Life” a través de las hamburguesas, los jeans Levi’s, las películas de Hollywood y el Rock & Roll. Queríamos ser como ellos porque consumíamos su ficción.
Hoy, según explica Bhutto en su nuevo libro, ese mapa cultural se ha modificado y mira a Oriente.
La nostalgia como resistencia
¿Por qué una madre en un pueblo de la Pampa, un joven en los suburbios de Lagos o un trabajador en Dubái prefieren una dizi (serie turca) o una película de Bollywood antes que el último tanque de Marvel? La respuesta de Bhutto es política, aunque se vista de lentejuelas.
Mientras el cine estadounidense se obsesionaba con superhéroes cínicos y una modernidad individualista que muchas veces resulta ajena, las industrias de India, Turquía y Corea del Sur rescataron valores que el manual de estilo de Nueva York dio por perimidos: la centralidad de la familia, el respeto por las tradiciones en tensión con la modernidad y la épica de la soberanía nacional y la identidad.
No es casualidad que Turquía se haya convertido en la segunda mayor exportadora de ficción televisiva después de Estados Unidos.
Sus historias no necesitan explicar el peso de la tradición; lo llevan en el ADN de sus encuadres. Hay una sintonía fina entre la autoimagen de las mayorías globales y estos nuevos relatos que el antiguo prestigio estadounidense ya no logra interpelar.
El rugido de Bollywood y el fenómeno RRR
Bhutto pone el foco en la India, una maquinaria que produce cerca de dos mil largometrajes anuales.
Ya no hablamos solo de coreografías bajo la lluvia. Fenómenos como Pathaan y Jawan (2023) han redefinido el concepto de éxito comercial, rompiendo récords de taquilla que antes eran propiedad exclusiva de los estudios de Burbank.
Mención aparte merece RRR, de SS Rajamouli (foto de portada). La película no solo recaudó más de 160 millones de dólares a nivel mundial, sino que obligó a la crítica occidental a mirar con respeto una estética que combina la acción hiperbólica con una carga política anticolonial feroz.
Es la periferia contando su propia historia con un presupuesto que nada tiene que envidiarle a las potencias de siempre.
Una autora en la frontera
La mirada de Bhutto no es la de una turista curiosa. Nacida en Kabul y formada entre Siria, Pakistán, Nueva York y Londres, habita la frontera entre mundos.
Su formación en Columbia y su especialización en Política del Sur de Asia le permiten leer entre líneas: el K-pop no es solo música para adolescentes; es una industria de precisión que ha colocado a Corea del Sur en el epicentro del consumo global.
Como se ve, Los nuevos reyes del mundo no es un libro sobre tendencias sino más bien una cartografía del presente.
En él, Bhutto nos advierte que el entretenimiento es la nueva diplomacia. Mientras Occidente se miraba el ombligo, el resto del planeta aprendió a contar sus propias historias. Y, al parecer, el público finalmente eligió qué canal quiere ver.

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