En tiempos donde lo individual parece ganarle la pulseada a lo colectivo, el barrio -ese patio grande que nos queda- se planta y dice acá estamos. No es solo purpurina y espuma loca; es la identidad cordobesa recuperando la calle, ahí donde el cordón cuneta se vuelve escenario y el vecino, protagonista.
Así, desde el 6 de febrero y hasta el 1 de marzo, Córdoba se prepara para una nueva edición de los Carnavales Barriales en la que 25 barrios abren sus arterias para que el festejo circule, descentralizado y visceral.
La resistencia del parche y la lentejuela
Lo que la Municipalidad a través de su Ordenanza, es en realidad el reconocimiento a un trabajo de hormiga que se desarrolla durante todo el año.
Detrás de cada murguero que ensaya bajo el sol de enero, hay una red de organizaciones comunitarias que entienden que el carnaval es, ante todo, un hecho político y social.
Murgas, batucadas, comparsas y ese candombe que nos late en la sangre: la grilla es el resultado de una convocatoria pública donde cada colectivo define su recorrido. Porque nadie conoce mejor el pulso de la calle que quien la camina todos los días.

Territorios con voz propia
La importancia de que el festejo regrese a las plazas y espacios públicos no es menor. En un contexto donde el entramado social suele verse castigado, que las familias se apropien del espacio que les pertenece es un acto de soberanía cultural, ya que se trata de generaciones de abuelos, hijos y nietos cosiendo trajes, afinando parches y organizando la seguridad del evento para que la alegría no sea un privilegio de pocos.
Esta edición 2026 reafirma que Córdoba no es solo el centro y sus luces; es la periferia que brilla, es el barrio que se reconoce en el espejo de su propia historia y es, sobre todo, la fiesta popular que sobrevive a todo, porque se sostiene en el hombro del vecino.




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